Hoy toca hablar de envidia
Hoy toca hablar de envidia. Siempre me ha sorprendido el hecho de que a ciertas actuaciones movidas por este sentimiento, que a algunos nos enseñaron que era un pecado y de los capitales se les llame envidia sana. Sana ¿Por qué? No veo yo que para emular acciones generosas o positivas o para sentirse aleccionado, haya que caer en la mezquina envidia.
La envidia es como un herbicida. Acaba con todo. Hasta con las amistades más sinceras. Ya comprendo que somos humanos y ninguno está libre de las tentaciones, pero en cuanto intuimos que amenaza la envidia, debemos resistirnos como gato panza arriba y, si es necesario, sustituirla por un pecadillo de los (esos sí) sanos, como la lujuria o la gula que tantas satisfacciones dan, porque la envidia siempre deja el corazón herido y el alma enferma. Insisto, no hay envidia sana; toda envidia es destructora. La hay que ha provocado grandísimos crímenes, calumnias y catástrofes políticas, arruinado existencias y envenenado la vida pública.
Me refiero al odio del mediocre hacia el eminente. El mediocre pone piedras para evitar el ascenso del listo. El político envidioso prefiere rodearse del medio memo, para que no le haga sombra. El catedrático obtuso cierra el paso al joven prometedor, porque puede ser una amenaza en el futuro.
Me han contado que algunos jurados dePremios prefieren en ocasiones favorecer al menos bueno por miedo a que los mejores ganen y puedan llegar algún día a ser una amenaza. Esto sí que es envidia anticipativa.
También existe la envidia de baja intensidad, la cotidiana, la que, enmascarada bajo una capa de amabilidad ensombrece el día más soleado. Uno está tan contento porque ha hecho el viaje de su vida. Llega al grupo de supuestos amigos y en medio de la anécdota más divertida salta uno: -¿y no fuisteis a...? Se acabó la alegría del recuerdo. El sitio mejor, ese no lo vimos. Una ha hecho obra en casa. Con sincera satisfacción la enseña a sus presuntas amigas. Ahora la terraza. Enseña sus macetas, sus plantas, se ha inspirado en una revista de diseño de jardines y está encantada. Salta una en tono como inocente: - Y ¿no vais a arreglar el suelo?- Ya te amargó la satisfacción de compartir tu alegría.
Es una lástima, poque seríamos mucho más felices si arrojáramos de nosotros ese patético sentimiento que nos lleva a entristecernos de los éxitos de los demás.