Un viaje inolvidable
Hace mucho que no escribo y aunque en mi contador de visitas figura que no soy muy popular, yo, inasequible al desaliento, me tomo mi blog como un diario personal y ajena a los demonios del abandono continúo esparciendo mis cuitas y reflexiones en la red a sabiendas de que quizá nadie las leerá.
He hecho un viaje inolvidable por Turquía. Una semana magnífica, primero en la Capadocia y después en Estambul. En Capadocia hemos visitado la región de Nevsehir, el valle de Goreme, las chimeneas de las hadas, las ciudades subterráneas, y los maravillosos y típicos pueblos de la región. Asistimos al espectáculo del baile de los derviches y a la sensual danza del vientre, fumamos la pipa de agua, la nargila, e incluso visitamos los baños turcos de Avanos. También nos enseñaron un taller de confección de alfombras, otro de joyería y uno de cerámica. Aunque la intención -¡tan turca!- era la de hacernos comprar, las visitas fueron de lo más interesantes.
Es una región absolutamente mágica, tanto por su orografía, fruto de la explosión de dos volcanes hace chiquicientos años, como por la historia que guarda entre sus cuevas y moradas excavadas en la tolva. Auténticas catedrales cristianas, frescos luminosísimos, columnas artísticas, talladas dentro de la tierra, que relatan magníficas historias como la de San Onofre, aquella mujer libidinosa que al convertirse se retiró a orar y se dejó una magnífica barba masculina para desilusionar a sus futuros amantes. Admiramos la saña de los enemigos musulmanes que sajaron los ojos de las figuras pintadas, pues creían que deshaciendo las miradas, desaparecía el maleficio de las pinturas así como las iglesias de las sectas iconoclastas, sin figuras pero con signos de misterioso poder simbólico como jeroglíficos. Y el paisaje lleno de formas mágicas, de animales, de plantas, palomares, figuras policromadas, color ocre, rojizo, poblados trogloditas, y gentes acogedoras y sonrientes. ¡Que magnífica comarca! ¡Cuánta belleza, historia y espiritualidad!
Estambul es otro regalo para la vista y la imaginación. La antigua Constantinopla, mezcla de culturas y de gentes, abigarrada y multicolor, moderna y antiquísima, que guarda en su pasado tanta belleza, exquisitez y crueldad. Magnífica Santa Sofía y no menos orgullosa la Mezquita Azul, en su interior templos al servicio del espíritu, en su exterior magnífico contraste con la modernidad de los edificios. Panorámicas únicas de Estambul, donde se recortan los minaretes verticales de las Mezquitas en la más grande ciudad de la república musulmana laica. Toques de oración, música flamenca a la hora en que los turistas pasean, los comerciantes venden, y los creyentes oran. Paseo multitudinario por Taksim, terrazas y terrazas y bares donde se toma alcohol, música occidental mezclada de pronto con la llamada de los imanes a la oración, y comercio, comercio, comercio a todas horas. El gran Bazar, el regateo, recuerdos de un pueblo, cruce de civilizaciones que a todos agoge y con todos negocia, y una cultura sobre otra, los romanos, los cristianos, los musulmanes.
Restos del enorme lujo, de la decadencia, historias magníficas como la del hijo del sultán encerrado en su jaula de oro mirando por la ventana a las concubinas de su padre, extremo poder de la madre del sultán que por haber sabido preservar a su hijo de las tremendas asechanzas gozaba de enormes prerrogativas, intrigas entre las mujeres, amores entre los hombres, arte, joyas, sexo, lujos, crímenes, azul intensísimo del Bósforo, magnífico espectáculo del cuerno de oro. Mágica ciudad, regalo de todos los dioses a los humanos de cualquier etnia y religión, que se despereza entre el Mármara y el Negro esperando que vayamos a visitarla...
Veli dijo
Se nota que te ha encantado el viaje. ¡Estupendo! El relato me hace saborear tus experiencias, me ha gustado mucho. Buen verano.
Un abrazo.
30 Julio 2007 | 10:37 PM