¡Muera la prisa!
Siento añoranza de largas conversaciones con verdaderos amigos, con todo el tiempo, con toda la larga tarde decadente de otoño para malgastar en una reunión auténtica, para perderla y así ganarla, sin reclamar que ocurra nada, sin prisas, con o sin palabras.
Añoro pasar la tarde con mis hijos, sin la dictadura de la vida actual, sin clases de golf, sin clases de inglés, sin clases de pádel, sin extraescolares y actividades varias, sólo juntos mis hijos y yo, charlando, riendo, sin prisas, con o sin palabras. Añoro estar con mi marido, hablando de nada, tomando una copa, sin vida social, disfrutando el uno del otro, sin prisas, con o sin palabras. Reivindico la tranquilidad, la calma, la parsimonia, el sosiego, el dolce far niente “la dulce paz de estos desiertos”.
Pero hoy va a ser que no. Hoy y mañana toca peluquería, partido, masaje facial, evaluación inicial, reunión de padres, tertulia televisiva, comprar regalo para próxima boda, salida nocturna, visita a suegra, recoger ropa de tintorería, llevar niña dentista. Mi nevera es una acumulación anárquica y surrealista de cervezas sin alcohol fruto de compras desorganizadas y a la carrera y así he caído en la torpe manía de envidiar a la Leonor de la Fuerza del Sino, en su faceta de eremita rebelde más que en la de turbia enamorada. Quiero sosiego, quiero reposo, quiero disfrutar de los míos con calma. Apresar la vida, no que se me escape de entre los dedos porque mis manos están tan ocupadas que no queda ya espacio para recoger en ellas lo que realmente es importante.