Insultos
“A cada insulto responderemos con una sonrisa”. Acabo de escuchar estas palabras del Presidente del Gobierno en un mitin, y no he podido evitar el evangélico recuerdo de la otra mejilla. Pensara lo que pensara Nietzsche acerca del victimismo judeocristiano, siempre me ha resultado un mensaje conmovedor la humildad del cordero llevado al matadero. Además de encomiable me parece heroica y opino que si fuéramos capaces de aplicar el mensaje de Cristo a nuestra vida, el mundo iría mucho mejor, aunque se me antoja algo irónico que Zapatero, tan enfrentado a los representantes españoles de
Probablemente mi admirado candidato socialista a
El PSOE ha acusado reiteradamente a la oposición de utilizar sólo el insulto y la descalificación y aquí es donde me gustaría matizar. Rajoy ha repetido cantidad de veces que Zapatero no decía la verdad, que le engañó, que dice una cosa y hace otra, que ha mentido a los españoles, es decir le ha llamado mentiroso en repetidas ocasiones pero sin utilizar esa palabra. Y es que no es lo mismo llamar a alguien embustero, que mentiroso que decirle que falta a la verdad. Aunque el significado sea idéntico la dureza del mensaje se modifica igual que no es lo mismo llamar a una mujer puta que prostituta. Tampoco es lo mismo descalificación que insulto. Todo insulto es una descalificación, pero no toda descalificación es un insulto. Diríamos que descalificación es el hiperónimo de insulto.
Cuando Rajoy acusa a Zapatero de no decir la verdad, está utilizando una lítotes, figura que sirve para atenuar una afirmación. Algo así como cuando Doña Jimena le dice al Cid: no te odio. Doña Jimena, quizá avergonzada por amar al asesino de su padre no se atreve a decirle claramente: te quiero. Rajoy, quizá avergonzado por utilizar un insulto, pues es hombre educado, no se atreve a decir claramente: mentiroso. La lítotes entra dentro de los usos eufemísticos del lenguaje, para paliar los efectos peyorativos de una expresión y los eufemismos se han utilizado desde siempre para suavizar una realidad. González podría haber dicho que Rajoy era un indocumentado o un sin fundamento, pero no. Le llamó directamente imbécil. De todo el amplio espectro de términos disponibles para descalificar a su rival utilizó precisamente el más disfemístico, el más fácil, el menos sutil y el que más le agraviaba a él por pronunciarlo, no a su rival por recibirlo. González es inteligente y un hombre culto, pero en política pasan estas cosas y un político-aunque gran hombre- no está libre de estos feos desahogos.
Tampoco los poetas. Mi adorado Miguel Hernández llamó “fugitivas cacas” a los italianos de nuestra Guerra Civil o hablaba de: “la mierda que vais dejando en donde ponéis la planta”. Bien es verdad que eran poemas de batalla y quedará siempre redimido por otros magníficos e inolvidables versos, pero los anteriores son merecedores del olvido. Perverso y con una habilidad infinita para el sarcasmo Quevedo insultó y escarneció a todo el que quiso. Su habilidad era insuperable pero cuando, al referirse a Góngora dijo “que nunca, que yo sepa, se le cayó la mierda de la boca” tampoco estuvo muy afortunado. Estos deslices no impiden que sean grandes poetas, capaces de emocionar y transmitir pensamientos bellísimos con bellísimas palabras.
Nuestros “intelectuales”-de uno y otro signo- también insultan. Ahí tenemos por ejemplo al gran José Luis Cuerda, otra vez si las crónicas no mienten, llamando “estúpidos” a los votantes del PP o al inefable y Realacadémico Pérez Reverte con su ingeniosísimo título: “Permitidme tutearos, imbéciles”. El eximio pensador y creo que académico también, Luis María Ansón en un lamentable artículo, el mismo día que ETA rompió la campaña electoral hizo alarde de magnífico ingenio al referirse a Zapatero con el creativo título de “Zapatero el embustero” - rima de enorme musicalidad al servicio de un pensamiento sutil y delicado.
Cuentan que Benavente iba por una acera muy estrecha y se cruzó con un caballero. Como no cabían los dos, el otro le dijo: “yo no me aparto para dejar pasar a un maricón”, a lo que el dramaturgo respondió, “pues yo sí”.
Fernando dijo
Pues sí. Era "El caballero Audaz" pseudónimo de José María Carretero, que por lo visto medía casi dos metros.El pobre Benavente se apartó rápido.
Está mal el insulto, pero comprueba tus fuente. Google es muy útil
10 Marzo 2008 | 12:50 AM