INFIERNO

Mis primeros contactos virtuales con el infierno datan de mi primerísima infancia. En la parroquia del pueblo donde pasaba con mi familia aquellos maravillosos e interminables veranos infantiles había un cuadro fabuloso. El cuadro, todavía hoy colgado en el mismo sitio de la misma parroquia, representa lo que muy pedantemente se llaman las postrimerías. Allí aparecen los salvados, los mediopensionistas y los condenados. Estos ultimos, sumidos en la desesperación, entre llamas alzan sus brazos sin poder escapar del horrible suplicio. Hoy por hoy es un cuadro bastante naïf, pero en mi infancia se me antojaba el súmmum de la truculencia y quizá por eso me pasaba largo rato contemplándolo. No sólo yo, ni sólo entonces. Todavía observo gente- sobre todo a los enanos- contemplando la pintura, no sé si con emoción, con curiosidad o con placer morboso. Probablemente sea el atractivo de la fábula o el miedo. Quizá por la misma razón las salas donde proyectan películas de terror -cuanto más gore mejor- se han llenado siempre de adolescentes.
En Barcelona, mis padres tenían una librería enorme y yo, siempre lectora patológica y empedernida, consumía literalmente las horas fascinada con los libros de Mitología, de Naturaleza –los tres volúmenes de Natura viva- una Biblia hermosísima de cubierta policromada y papel finísimo y una bellísima colección con tapas verdes y duras de letras doradas con el sugestivo título de Grandes Obras de
Dirán ustedes que me estoy poniendo pesadita con ese terrible lugar, que empieza el puente, que es primavera y no es momento para pensar o escribir de horripilancias.Y tendrán razón, pero ¿qué quieren?, una no es dueña de sus pensamientos y de pronto un somero repaso a los periódicos produce efectos destructivos. Recuerdo que mi hijo siendo muy pequeño me contaba un día que en el cole la hermana, en clase de Religión, les había estado hablando del Infierno. Mi niño siempre tuvo una inteligencia preclara y con la sabiduría de sus pocos años añadió: “Mamá se le notaba mucho a la hermana que era una bola enorme”. Pues bien ahora que el Papa, eminente teólogo y cráneo privilegiado, tras tantos años de estudio, meditación y conocimiento de la naturaleza humana ha llegado –con matices- a la misma conclusión que mi hijo, me ha dado a mí por pensar precisamente hoy que el infierno existe. Que se lo pregunten si no, a la hija y los hijos- nietos de ese ser llamado Josef Fritzl, de nacionalidad austríaco aunque podría haber sido perfectamente natural del Círculo Segundo. Que se lo pregunten a los marineros del Playa de Bakio, a las mujeres de Afganistán, a los niños condenados a la hambruna en África, a los habitantes de Irak, a los palestinos, a los padres de Mary Luz... Ahora dice el Papa que el infierno no es un lugar, sino la ausencia de amor, y me ha dado a mí por pensar que también es un lugar y está en China, y en el Tíbet, en Zimbaue y en los poblados destruidos de
Fernando dijo
¡No vale! Me has robado el comentario. ¿Qué digo yo ahora? Bueno, recuerdo que Asimov, cuando le reprochaban que no cumplía con sus deberes como buen judío contestó: ¿Quiere usted decir que su sádico e infantil Dios me atormentará por toda la eternidad? ¿No tiene otra cosa mejor que hacer ese Padre Misericordioso.
El infierno son los otros, pero no todos los otros. Ayer, por ejemplo, estuve en la presentación del libro de Mila. Y me encontré con Hilario.
4 Mayo 2008 | 02:09 PM