De libros y otros placeres
Me gusta mucho leer. Siempre tengo algún libro en mi mesilla de noche. Uno de mis mejores momentos del día es ese en el que apoyo el pescuezo en mi almohada “escolástica” y me sumerjo en la lectura antes de sumergirme en el sueño. Hay mucha gente como yo. Con las amigas a menudo hablamos de libros, nos los recomendamos, nos los prestamos y los comentamos. Tan gratificante es la lectura de un libro divertido como su comentario posterior y el intercambio de opiniones. Se que hay mucha gente que no es como yo ni como mis amigas. Siento pena de los muy numerosos a los que no les gusta leer y me cuesta comprender cómo no se dan cuenta de lo que se pierden. Es algo similar a lo que me ocurre con aquellos que no disfrutan con el cine clásico. Con mi proverbial vehemencia intento convencerles de la maravilla que supone ver a Rita Haywort en Gilda - divinas axilas-, desprendiéndose sensualmente de su guante negro mientras canta “Put the blame on Mame” o a Humphrey Bogart - divino cinismo- en Casablanca escupiéndole al villano: “Si pensara en ti tal vez te despreciaría”. ¡Qué placeres tan fáciles de obtener y tan sanos! Pues nada. Desde su obstinada, a menudo juvenil -aunque no siempre- y prepotente ignorancia me miran casi con pena y dicen: ¿Cine en blanco y negro? ¡Qué rollo! ¿Leer? ¡Qué aburrimiento! Son los mismos que ante una catedral gótica sólo ven un montón de piedras. ¡Angelitos! Pero en fin, por muchos planes de lectura, dinamización de la juventud y actividades culturales que se ideen, he llegado a la conclusión de que es algo que no tiene remedio quizá porque se compite con un mundo audiovisual mucho más inmediato, colorista, ruidoso y ensordecedor.
A veces en el proceloso mar en que se ha convertido el mercado editorial tengo dificultades para encontrar libros que merezcan la pena. Yo era de las que devoraba todo lo que caía en mis manos, pero ahora, aunque sigo consumiendo lectura compulsivamente -de pequeña me leía hasta el listín de teléfonos, mi madre es testigo-, ahora, si un libro no me gusta, por muy caro que me haya costado, lo arrojo sin remordimiento alguno y total tranquilidad de conciencia al cesto de lo olvidable. Lo hice con El clan del oso cavernario, con De parte de la princesa muerta y con algún otro que no recuerdo, creo que de Marguerite Yourcenar. Hace poco lo he hecho con El cuaderno dorado de Doris Lessing. ¡Ha sido demasiado para mí, y eso que casi llevaba el ochenta por ciento leído! A veces los retomo y lo intento de nuevo, pues he comprobado que engancharse a un libro depende mucho del momento psicológico por el que estemos pasando. Eso me ocurrió con El amor en los tiempos del cólera, que al principio encontré tostonazo y pasado algún tiempo engullí con deleite. Ahora me está ocurriendo con La conjura de los necios. Hace unos años tuve que dejarlo por antojárseme sórdido y aburrido en extremo y ahora estoy encantada y a veces hasta identificada con Ignatius Reilly. Quizás se deba a la edad, quizás a los caracteres del libro, mucho más grandes y claros que los de aquella edición de bolsillo. En fin la cosa está así.
Últimamente estoy al día pues he consumido casi todos los incluidos en las listas de los más vendidos. El juego del ángel: hábil y entretenido, gótico y verborreico, imaginativo y eficaz, bien escrito pero demasiado parecido a aquella sangrienta película: El corazón del ángel de Robert de Niro y Mickey Rourke. Un mundo sin fin: ameno, excesivo y en mi opinión superior a Los pilares de la tierra, aunque en la misma línea tan rentable para su autor de mezclar críticas a la Iglesia con historia, violencia con economía y arquitectura con pornografía. El niño del pijama de rayas: hípervalorado, no tan sorprendente como anuncia su publicidad, duro y sobre todo -para mí lo más positivo- escrito con austeridad. Una clara muestra de que en literatura lo que importa no es el qué sino el cómo. El asombroso viaje de Pomponio Flato: sin duda una gran idea, el germen de los que podría haber sido hasta sublime a mi entender malogrado por la habilidad, cansancio, humor fácil y escepticismo de su magnífico autor. Obligatorio para los educadores, El curioso incidente del perro a medianoche de Marc Haddon. Un libro sabio y necesario. Me he estrellado contra dos: La ladrona de libros de Markus Zusak y Perdona si te llamo amor. Del primero diré que no he podido enfrentarme otra vez al Holocausto narrado por la propia muerte. Del segundo que no comprendo cómo ese señor- un tal Federico Moccia- se ha podido hacer famoso con ese bodrio y otros similares, que reniego del dinero que me gasté en comprarlo y que su éxito no es más que otro síntoma alarmante del infantilismo adulto que caracteriza nuestra sociedad.
Fernando dijo
¡Que te voy a decir que tú no sepas! Sólo undetalle. Cuando me voy de vacaciones la maleta de la ropa es rígida, pero para los libros tengo una de lona. Siempre vuelven algunos más de los que van.
"La conjura de los necios". Recuerdo que me había operado de la espalda (algo tienen que ver los libros con mi lesión) y la chica que me sustituía me lo regaló. Me hizo olvidar el dolor durante algunas horas.
3 Junio 2008 | 12:04 AM