Patadas en el culo

A nadie agrada recibir patadas en el culo y a la que suscribe probablemente menos que a nadie, si se puede utilizar dicha hipérbole, y como este es mi blog y soy su dueña absoluta, (al menos soy dueña absoluta de algo) la utilizaré. Una patada en el culo sienta fatal, la propine quien la propine, la verdad, pero cuando el que la da es alguien a quien tú tenías por amigo fiel, y en el que confiabas ciegamente, por muy fuerte que te sientas, por muy feliz que sea tu vida familiar, por muy colmadas que estén tus aspiraciones profesionales, por muchos amigos leales que te queden, ya saben…queda una sensación bastante terrible, algo parecido a un vacío en el estómago, como un gusanillo dormido que de pronto se despierta, remueve las tripas y provoca un húmedo espesor en los ojos; al menos a mí que soy inocente, aunque no lo parezca, confiada, terriblemente entusiasta e ingenua, por más que pueda dar imagen de resabiada y que me siento, para colmo, debiluchamente inerme frente a la maldad y la hipocresía humana aunque a veces pueda asemejarme a una roca. Pero, como ya he repetido muchas veces no hay nada que odie yo más que el victimismo, esa dulce pena de una misma que deforma la realidad y empuja a la inacción, de modo que, primaria y extravertida, con todo tiendo a buscar siempre una explicación racional de las cosas. En la traición de un amigo resulta ardua tarea conservar la mente clara, y analizar demasiado el pasado tratando de encontrar explicaciones que involucren a terceras personas es harto peligroso además de que puede resultar injusto, incluso intuyendo difusamente que en esta ocasión no supe estar a la altura de las circunstancias y seguir el consejo que siempre di a mi hija para salvaguardar su salud emocional: "guárdate de las arpías". No, en esta ocasión, la arpía supo envolverme el corazón desde el principio y nublarme la razón a ratos. En fin, varios son los frentes, pues, que se abren al intentar eludir el victimismo y buscar la racionalidad. En primer lugar acecha el peligro de culpabilizarse, algo así como el síndrome de Estocolmo: “si me ha pasado esto, seguro me lo merezco”. Este peligro es terrible para la autoestima, encierra el grave riesgo de hacer perder la ilusión y afectar a los nervios, la capacidad de discernimiento y cosas tan impagables como la paz personal, así que no me lo puedo permitir. Desterrémoslo, por tanto. Otro peligro es la generalización, la pérdida de confianza no sólo en una misma, que también, sino sobre todo en los demás. "En el futuro no me fiaré de nadie". Por esta vereda acecha el pesimismo, la amargura, la falta de fe en todo y en todos. ¡Fuera con ello! ¡Ay!, pero el más terrible sin duda es el ansia de venganza, el revanchismo, el riesgo de volverse mala, querer hacer daño a sabiendas. ¡Qué horror! Esa es una tentación atractiva, pero no me puedo permitir caer en ella, porque aunque ahora mismo me sienta una mierda, no me perdonaría nunca actuar como tal. Como se deja traslucir de mis palabras, padezco un grado razonable de destrozo personal, pese a mi manía de hacerme la fuerte. Miro a mi alrededor: España, el País Vasco, Teherán y esas nimiedades y me repito que no me lo puedo permitir. Debo ser feliz, porque la vida ya depara suficientes tragedias para considerar como tal lo que sólo es un revolcón. Así que me queda el esfuerzo psicológico, por más que ahora mismo me sienta bastante exhausta, la capacidad de relativizar, el ansia de superación, un asomo de chulería torera: " Yo he cumplido, el toro era malo" los cigarrillos y sobre todo, la palabra. Me queda la palabra. Y ¿saben? Ya me encuentro algo mejor. He aprendido mucho acerca de la naturaleza humana y ante mí se abre el futuro. Soy escéptica en cuanto a mi capacidad para sacar provecho de los errores pero, ¿qué quieren?, en ese aspecto prefiero seguir siendo yo misma.


Fernando dijo
No sé lo que te pasa, Carmen, pero quiero decir públicamente que estoy a tu lado. Sea lo que sea
21 Junio 2009 | 10:22 PM