Maquillaje
Ángel Gabilondo ha de ser por fuerza hombre eminente, sabio y prudente. Así lo atestigua su impresionante currículum donde se acreditan tres circunstancias que le confieren particular idoneidad para el cargo que desempeña: una extraordinaria competencia intelectual como prueba su 2º Premio Nacional de Terminación de Estudios y el Extraordinario de Licenciatura, toda una vida consagrada a la educación primero en Secundaria cuando pertenecía a la pía organización corazonista y después en la universidad y por último una admirable dedicación a meditar sobre temas tan alejados del común de los mortales como el ser, el no ser, la nada y otras minucias de la existencia y la esencia. Como catedrático de Filosofía y hasta ser nombrado ministro explicaba Metafísica, Hermenéutica y Teorías de la Retórica y de Pensamiento Francés Contemporáneo y había sido elegido rector de la UAM el 27 de abril de 2002. No es en modo alguno un recién llegado o un trepa. Suponer que habla de modo superfluo o imprudente es pensamiento vano. Y sin embargo tal parece cuando se le ocurre mientras todavía nos estamos reponiendo del enésimo debate educativo y de la implantación de una nueva Ley que rectifica la anterior que modificó la anterior y así hasta el infinito y más allá, iniciar otro, no para combatir el fracaso o abandono escolar, ni para homogeneizar contenidos mínimos en todas las Autonomías, ni siquiera para discutir la conveniencia de conceder o no a los maestros la consideración de autoridad como sugieren algunos, acusados por otros de enarbolar rancias banderas de intolerancia y represión, sino para imponer, sí, imponer la educación hasta los dieciocho años. Paséese el conciliador ministro –uno de los pocos en reconocer que es necesario un pacto con el PP- por los institutos y vea cómo va a obligar al Raúl, la Jenny o el Aitor a seguir estudiando hasta los dieciocho cuando lo que ellos quieren es subirse al tractor o poner una peluquería y sin duda, si una chica de dieciséis años está madura para decidir sin consejo de mamá o papá que aborta también lo está para incorporarse al mercado laboral. Educadores, orientadores y docentes conocemos lo difícil que es evitar el abandono escolar, porque contemplamos a chicos faltos de motivación cuyos padres justifican el absentismo porque el sistema educativo no les ofrece lo que quieren. Paradójicamente se abren los centros por la tarde y convertidos en lugares de ocio y esparcimiento se desvirtúa su función mientras se racanea con los cupos en los institutos, por ejemplo, de Extremadura donde se escatiman profesores de filosofía. Mientras, en nuestra comunidad, todavía no nos hemos adaptado a las ocurrencias anteriores: inundar los centros de ordenadores que funcionan mal, dedicar ingentes recursos a programas de acompañamiento, un nuevo bachillerato o una nueva selectividad donde a estas alturas de curso todavía los sufridos profesores de lengua castellana de segundo de Bachillerato carecemos de instrucciones claras sobre la prueba de Selectividad. Y como si los responsables educativos no hubieran pisado en su vida un aula, el docto ministro demuestra una flaca memoria y metido en los despachos sugiere de pronto un nuevo debate estéril por irreal. No seré yo la que me niegue a discutir sobre la conveniencia de nada pero humildemente creo que ahora no toca. Nuestro sistema educativo no aguanta una nueva frivolidad o incoherencia. Necesita un período de reposo y estabilidad para sedimentar cambios y presuntas mejoras. Rechazados aquellos itinerarios propuestos por el PP, intentar sujetar a los chicos pegados a los libros tan alejados de sus intereses es querer vaciar el Mediterráneo con un dedal. Y mantenerlos estudiando obligatoriamente más tiempo si lo que se pretende es educarlos y no entretenerlos exige unos recursos y unos cambios estructurales de tal envergadura que hoy por hoy son impensables, (en nuestra autonomía 40 millones al año, es decir el 4% más del presupuesto manejado este curso por la Consejería de Educación). No quiero admitir el pensamiento perverso de que el buen ministro ha discurrido que mientras debatimos-otra vez- no nos quejamos. O que alargar los estudios obligatorios supone retrasar la entrada en el mercado laboral y por tanto suavizar drásticamente los alarmantes índices de paro. Es decir, una nueva operación de maquillaje. Ya se les ocurrió a algunos atenuar el fracaso escolar con la promoción automática de los alumnos y eliminar el cero para mejorar artificialmente la lamentable nota media de los chicos. Ahora Gabilondo del que esperábamos sin duda un compromiso firme con la educación de calidad parece intentar hacerle un favor al triste ministro Corbacho. No es propio de su prestigio, solidez y competencia. Yo, mientras, quizás ingenuamente sugiero que dejemos ambiciosas y carísimas reformas para épocas de bonanza y trabajemos con realismo, recursos humanos adecuados y eficacia. Que falta hace.

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Fernando dijo
¡Otra vez has vuelto a ser arbitrista!. Créeme, la educación ya no la arregla nadie. Mira a los padres de los quintos de Torreorgaz echando la culpa al mundo de las bestialidades que hacen sus hijos.
Dios nos coja confesaados y, a ser posible, con la ropa interior limpia
4 Noviembre 2009 | 12:05 AM